miércoles, octubre 04, 2017

Corea. Que den comienzos los juegos del hambre

Una jornada. 24 horas. Eso fue el tiempo que tardamos en darnos cuenta de que la gastronomía coreana no había por donde cogerla.

Los platos que componen su gastronomía son el resultado de la combinación de ingredientes que por sí solos pueden resultar inofensivos, pero que el modo de cocinarlos, obligándolos a interactuar entre ellos, los convierte en un arma de destrucción masiva para el comensal extranjero; o la idea y la base son buenas, como el arroz o la carne -con el pescado tengo mis dudas-, pero en algún momento la cosa se tuerce, se impone la locura experimental a lo científico loco, y se empeñan en servirlos con guarniciones y salsas o pastas venidas del mismísimo infierno, algunas de ellas con productos fermentados, pero todas, engendradas seguramente por alguna mente perversa, hace siglos, en algún sótano, con el objetivo secreto de exterminar a la humanidad.

Para que no te jodan, como a nosotros, la mejor opción es huir de la comida local elaborada, es decir, de esas mezclas de mezclas, y empezar por abajo, pasando del espíritu aventurero y de tanta mente abierta y tanta leche... y poder disponer, cobardemente, en tu mesa, de todos los ingredientes por separado, para que seas tú el que vayas jugando, probando y vomitando, descubriendo, seleccionando, escupiendo y detestando sabores, hasta dejar de sospechar que no te gusta nada para finalmente darlo por cierto.

Esto lo pudimos conseguir a) en los supermercados y b) en los restaurantes parrilla, y en un buffet que tuvimos la suerte de encontrar uno de los primeros días, cuando todavía éramos unos intrépidos aventureros dispuestos y capaces de enfrentarnos a todo. Ilusos. Corea es como una gran pene esperando joderte. Porque el oscurantismo al que te enfrenta es tal, que juega contigo como un gato con una cucaracha y hasta parece que obtiene cierto disfrute con ello, se divierte. Corea es como una caída de boca hasta para el viajero más experimentado. Es como una primera cita a ciegas que siempre sale mal. Con un personaje intenso, incorregible, bromista, de comportamiento extraño, mirada perturbada y sonrisa histriónica, una especie de Joker, que obtiene poder a partir tu analfabetismo, de tu incertidumbre, te crea dudas, te vacila, te desorienta, se ríe de ti, pone la moto a doscientos a ver qué haces, a ver de qué estás hecho/a. Esa será la primera prueba a superar. Puedes escoger subirte al avión asustada y no volver a ver a ese tío nunca más o, quedarte con dudas sobre qué hay detrás de todo aquello y pedirle una segunda cita, retomar la relación, rindiéndote a él para que te descubra sus secretos y desvele sus perversiones. Pensar. Grave error. Ver, oír y callar. Escuchar. Solo a partir de entonces serán posibles el crecimiento y el entendimiento. Corea es un tipo duro con el que no se va cualquiera.

Como iba diciendo, en a) los supermercados te aguardan bandejas de comida preparada. Menos de los que desearías. No hay mucha variedad. Como en Japón que aquello era una fiesta. En ellos viene distribuido un compartimento más grande con el producto base, como el arroz, o la carne u otro, y rodeándolo, otros más pequeños que albergan las guarniciones.



Solo se trata de escoger aquel en el que vislumbres las que te den menos asco. Que ya hayas probado anteriormente y ya lo sepas. Una vez tuyo, calentar y servir, y procurar, sobre todo, que ninguna de las guarniciones roce la carne, esa mierda es tan potente que acabaría imponiéndose y contaminando el resto obligándote a desechar el set entero y volver a unas ayunas que ni el Ramadán.

b) Los restaurantes parrilla representan otra opción esperanzadora para los ilusos aventureros pero son más caros, unos 30 euros dos personas, y encierran una dinámica secreta: tú vas disponiendo de las lonchas de carne, a medida que éstas se van cocinando en una parrilla situada a tu vera, en la misma mesa, sobre unas hojas de lechuga, de sésamo, o algas, -que nosotros confundimos con ensalada y por ende ni las tocamos, menos mal que no nos dio por aliñarlas sino se ríen de nosotros- y condimentándolo al acto, a modo de montadito infernal, con cualquiera de los muchas dichosas guarniciones del demonio de las que hablábamos antes, dispuestas en un montón de platitos que pueblan la mesa y que te miran desafiantes. Luego se enrolla, se mete en la boca y a verlas venir.





Entre estos condimentos se encuentra el kimchi, a mi juicio, uno de los atentados gustativos más graves que haya podido crear el hombre, una mezcla imposible debido a las reacciones químicas de los ingredientes que combina, una mezcla que jamás se nos ocurriría al resto del mundo, una bomba gastronómica capaz de situar al extranjero en la ventana de la rendición y entregarnos a Tony's, creo recordar, la única cadena de comida rápida, ya podéis insultarnos.



Tú puedes acompañar el invento de la hoja ese con eso porque eres libre de hacerlo.

Pero...

… hay algo peor que el kimchi: esta especia:



esta especia engendro del mal, aunque no es propia de Corea, te hará la vida más imposible si cabe, aproximándote a la muerte súbita con tan solo rozarte la lengua. La impresión es similar a esnifar pegamento o lamer gasolina, e incluso me atrevería a decir que peor; es, como una broma, una inocentada. Se sirve mezclada con un pegote de mantequilla y de ella se espera que te la comas. Yo no la probé. Ya sabía lo que era; la descubrimos en Varsovia; al repararla de nuevo en uno de esos platos en Corea, nos miramos a los ojos como quien recuerda un trauma.

Una vez descubrimos una pizzería y  aplaudimos. Pensamos haber encontrado la salvación y pretendíamos agarrarnos a ella como a un flotador en medio del océano hasta que descubrimos que sus precios triplican el habitual al del resto del mundo y claro, escogimos inanición, que seguro algo debía haber por ahí y aún no lo habíamos descubierto, cosa que al final no sucedió y nos vimos obligados a empadronarnos en la hamburguesería en cuestión. Lo que había era que sobrevivir.


jueves, agosto 31, 2017

Destinos descartados

1.- El camino de Santiago
El Valenciano me insiste mucho desde hace unos días en que no solamente haga el Camino sino que además lo necesito.
Se dice del Camino que la dinámica en la que se entra fruto de la conexión con la naturaleza y con otros peregrinos-hermanos sufridores de incomodidades, ampollas y dolor, coloca al sujeto en un estado emocional susceptible que lo traslada a otra dimensión astral donde purificar el alma. Pues bien, yo no necesito purificar una mierda; es decir no es eso lo que necesito; ya no soy un puto coche aparcado en un garaje, estoy en la parrilla de salida, con el pie en el acelerador, deseaaando pisar a fondo y no volver a España en mucho tiempo,... a mí dame asfalto y una carretera muy larga no un caminito de piedras y una bebida isotónica; soy un portador de explosivos, un loco con un cuchillo, un tanque de gasolina suicida, un toro embistiendo tras la barrera, un volcán en erupción, no quiero trabajar en la canalización de energías ni ningún puto consejo psicológico ni revelación divina, ya he tragado suficiente filosofía y resignación sin paliativos!! se acabó el diálogo, se acabaron los trucos de magia para mantenerme sentadita y buena, tengo opciones, oportunidades, después de mucho tiempo, y pienso usarlas así que despéjenme la pista que estoy mu locaaaaaaaa

2- Marruecos
Quizá me equivoque al 100% con Marruecos pero visualizo las dunas,... y el desierto también invita a la reflexión. El desierto es un clima propicio para ello y para pulir el alma y por ende, terreno hostil para mis necesidades emocionales actuales, que no piden té, sino cocaína.

3.- París
A París nunca quise ir y ya he estado tres veces. La última acudí a ella buscando aire y respuestas el día después de una noche de fiesta y borrachera nivel 'osquieroatodos' porque por aquel entonces, hace unos cinco años, ya había dejado de ser persona y me había convertido en un robot roto, en carne de alcohol y psicólogos baratos. Empezaba haciendo unas putas lentejas y acababa preparándome una reconfortante Ginebra con limonada. Siempre necesitaba un trago. Era cuando la realidad no me tenía cogida por el cuello. Cada día era peor que el anterior, cada día me levantaba más triste, ¿para qué volver a un lugar que me ha visto llorar demasido y que me recuerda esa mierda?

sábado, agosto 26, 2017

Ahora tengo tiempo y dinero

Ya no tengo una empresa que me robe la vida y por primera vez en mucho tiempo tengo todo lo que una persona que se pasa la mayor parte del tiempo con el ojo puesto en el horizonte, preguntándose qué estará pasando ahí fuera, y que sabe que va a morir, necesita para viajar: tiempo y dinero.

Y miedo. Tengo tiempo, dinero y miedo a que el paso del tiempo barra todo mi dinero. En el vacío no viajero de mis días el dinero se esfuma; impaciencia, nerviosismo y de nuevo la ira y la incomprensión, que te coloca de nuevo en una silla de ruedas. 

El tiempo que tardo en coger un avión y largarme, gasto dinero. Gasto dinero en sobrevivir, irremediablemente, en lo que no quiero, en lo que no necesito, y no puedo permitirlo, he cogido demasiados autobuses a las 7.30 de la mañana como para ahora lanzar las monedas a una fuente, a la fuente de los deseos otra vez pero ando acallando mi conciencia y analizando la situación, mi compañero de viajes está cogido por el sistema, por las pelotas, no puede escapar, tramamos un plan:
  • tú cuando podrías arreglarlo todo para desaparecer?
  • no sé, ¿un mes?
Un mes. Un mes. Un mes.

Puedo esperar un mes.

Mientras tanto yo he reducido los gastos al mínimo y empiezo a parecer lo que soy, una vagabunda, ni siquiera me peino mire usted, soy alguien que se muestra indiferente al terreno que pisa y que se pasa el día fantaseando, persiguiendo, de nuevo, las metas imposibles que me brinda este nuevo, improcedente y deseado punto de inflexión:

''estoy harta de chorradas, ahora es la mía, ¿cuándo se me volverán a alinear los astros así a mi favor?; ¿y si me voy, o nos vamos, seis meses y que le den por culo a la civilización y después ya veremos a ver qué pasa?; los viajeros sabemos más que nadie que las oportunidades traen nuevas oportunidades, ¿y si sale bien?; ¿y si estudiamos la fórmula de no tener que volver mas que solo cuando lo necesitemos, por amor a los que nos echan de menos?; ¿y si me dejo llevar por mis deseos sin pensar en las consecuencias por una puta vez en la vida? la última vez me salió bien; ¿y si dejamos de tener miedo y nos entregamos, por fin, a la vida que queremos llevar?; pago, con gusto, esos meses ahí fuera por años de cómodo posicionamiento en una silla de ruedas, no haciendo nada más que tomar cervezas y hacer cola en el supermercado.

El tema está en que no sé cuanto tiempo podré resistir.

martes, mayo 02, 2017

KIROVSK. EN LAS ENTRAÑAS DE LA PENÍNSULA DE KOLA. RUSIA.

"A unos 100 km al este de la columna vertebral ferroviaria que une San Petersburgo y Murmansk está Kirovsk, desde donde puedes llegar, frío mediante, a un paisaje de belleza desbordante y sombría que une blanco omnipresente, locomotoras cargadas de mineral y 360° de montañas monstruosas".



Si escribes Снежная Деревня en un papel y se lo das al cobrador del bus ya en Kirovsk, llegarás aquí, previa caminata de 1,5 km, su parada más cercana. Aunque también puedes llegar a pie. Son unos 5 km.



Y si al bajarte de ese bus, no gimes de placer o se te escapa la lagrimita al alzar la vista y ver donde estás, es que no tienes sangre en las venas. O eso, o que veraneabas en Alaska por lo que tus ojos sean muy probablemente menos sureños que los míos. Que nací en el Mediterráneo.

Pero nuestra ruta comienza precisamente aquí. Al bajarnos del bus, entrada ya la tarde. Ante nuestra mirada: un manto de nieve que tiende al infinito y que ofrece serias provocaciones de sentarse a jugar, una carretera muy larga y muy hundida que lo atraviesa, y entre eso y el cielo, unas montañas todopoderosas que se imponen con total desprecio hacia el ser humano y lo que a él le apetezca. Aquí el clima es riguroso, subordina a quien lo pisa y más si eres visitante poco habituado, como si no tuvieras suficiente con tener que lidiar con un escándalo paisajístico de tal calibre.

Un paisaje gigantesco, excesivo, exuberante, y que doblado en belleza por lo que la nieve proporciona consigue desbordarme, me sobrepasa, se apodera de mi mente, no consigo hacérmelo mío. Mi psique se debate entre el recogimiento pensativo, la exaltación visual y el orgasmo espiritual, y consigue hacer estallar un agnosticismo envasado que hasta entonces ningún otro paraje había sabido hacer. Ninguno. No estoy conmigo, ni en mí,... sino en otra piel.

Pero que no nos distraiga la semántica. Estamos caminando escoltados por las montañas Jibiny, la principal área montañosa de la Península esta llamada de Kola que llevamos recorriendo hace unos días, y en los que a pesar del paso de éstos, seguimos extraviándonos, locos y absortos, por caminitos helados y traicioneros y grandes avenidas urbanas decoradas por el eco del comunismo.




El paisaje estático, que además incluye la ya abusiva presencia de un lago helado, llamado Bolshoy, es saqueado por minas a cielo abierto, coches, camiones y delicias de la era soviética que van y que vienen,... sobre nuestras cabezas, un tren interminable parte la montaña helada en dos, y en la carretera por la que transitamos, única y exclusivamente lo está por la huella del turismo: la carretera se precipita hacia una estación de esquí, la llamada "Ciudad del Hielo", y un bar restaurante y un megahotel que también yacen a la intemperie.


Y hasta él llegamos. Nosotros impulsados por el frío, fruto de una pequeña ventisca que se ha desatado ahí fuera y que nos obliga a estar recomponiendo gorro y braga con más asiduidad de la que quisiéramos; el resto de camaradas, imagino que por su condición de fanáticos esquiadores.


Es un hotel 4 estrellas. Consigue imponerse en el paisaje de cuento de la única manera posible en este entorno en el que nieve y luz lo devoran todo: echando toda la carne en el asador, es decir, a golpe de abuso volumétrico y color. Y lo consigue.

Su tiranía tiene forma cúbica, una paleta de colores que no se anda con chiquitas, y que desde la distancia le daban más aspecto de tralla portuaria que de hotel en sí, y de él salen dos brazos disparados hacia otros dos edificios igual de... funcionales que albergan, uno el spa, el otro, no lo sé. Ni me importa. Hace tiempo que dejaron de impresionarme estas cosas.

Sea como sea, el lujo que alberga no está dentro sino fuera. Por la noche, la ventana de mi habitación en la quinta planta de esta mole colorida en mitad de la nada, enmarcará la silueta hipnótica de unas montañas salvajes y de una hondonada blanca sobre las que cae todo el peso de la luz de la luna llena. Como telón de fondo, la ciudad amarilla.

Si no te pueden más la pereza y el frío, podrás cruzar a ese otro lado, como si de un portal cósmico se tratara, e internarte en un territorio inmenso, sorprendente, cautivador, inhóspito y salvaje, y caminar en la soledad de la planicie blanca, engrandecida por la luz, beber de su silencio, disfrutar del tiempo suspendido y de tu respiración entrecortada.



Hileras de abedules totalmente pelados yacen sobre la pradera helada como estatuas espeluznantes mientras sus sombras se retuercen en el suelo blanco. El paisaje es siniestramente hermoso. Timbartiano. Al levantar la mirada para recorrer las colinas e intentar ordenar los ingredientes de ese escenario en tu conciencia, atisbas entre las sombras un secreto, un pequeño zorro vigila tus movimientos.

lunes, enero 16, 2017

La frontera Kazaja desde Kirguistán


Yo había oído -porque alguien me lo sopló en Osh porque yo enterarme ni quiero ni suelo que a mí me gusta viajar virgen y sorprenderme in situ-, que Kazajstán cuenta con una fortaleza económica poderosa fruto de los millones y millones de toneladas de reservas de petróleo y gas que posee y barriles que genera por día, por lo que según mi ridículo sistema deductivo, suponía un paso fronterizo desde Kirguis cuanto menos ordenado, civilizado, tranquilo y estructurado. Pero no.

Mi compañero de viajes el Valenciano, que es más listo que yo por aquello de que empezó a viajar antes de que se convirtiera en frustración y quedara a merced del alcohol y acabara en terapia, ya había tenido contacto con la tiranía fronteriza en otros países, pero yo y mi unicornio, que habíamos vivido en un mundo rosa creado expresamente para nosotros para tenernos cercados y protegidos como en el Show de Truman, estábamos vírgenes en cuestiones de fronteras caóticas y claro, la cosa nos pilló en bragas.

Yo, que vivo empanada nivel Gabino Diego en Torrente imagino que precisamente por eso y ahora a mis treinta y muchos empiezo a coscarme de qué va la vida, empecé a darme cuenta pronto de que aquello era un caos sin sentido. La frontera digo, precisamente en un especie de corredor de la muerte cercado con alambrera que hay colocado estrategicamente antes de la frontera propiamente dicha para frenar la entrada en masa de gente enfervorizada a las ventanillas, donde tuve a bien recibir -yo y todos porque había tal cantidad de gente hacinada que no se veía ni suelo ni techo- infinidad de codazos y embestidas a lo miura de otros aspirantes que, a diferencia de nosotros, ya debía saber por experiencia cómo iba la cosa.

Y ahí permanecimos hacinados un buen rato, apretujados como en un concierto de U2 o el último día de Fallas, el valenciano siendo arrastrado y manteado por la marea humana, intentando no soltar mi mano para no perderme de vista y no volver a verme nunca más, y yo espachurrada contra la alambrada mitad flipando mitad riéndome por aquella situación surrealista, con los pies abolillados, dando mochilazos para defender mi espacio vital cuando me faltaba el aire o cuando notaba la presencia de una mano indiscreta, y una costilla tan pulverizada que hasta me la hubiera podido esnifar. En la parte derecha para ser exactos.

Y así un rato interminable hasta que el guardia, que no me lo imagino en una reunión de amigos hablando de su trabajo, tuvo a bien abrir la jaula de perros, gesto que cada vez levantaba cierto revuelo y con él, oleadas sincronizadas de violencia, para liberarnos del aplastamiento supremo y adentrarnos en el estrés extremo en un ejercicio de 'másdifíciltodavía' porque claro, en el corredor de la muerte aquel no hay movimiento pero una vez dentro, hay que desplazarse hasta las ventanillas, y eso supone ir apartando a manotazos a unos y a otros para llegar el primero todavía no entiendo por qué, como si al otro lado sortearan un morreo con algún ángel de Victoria Secret o Jon Kortajarena.

Y con el cuerpo roto llegó nuestro turno y crucé yo primero porque soy más guapa, pero no antes de una Kajaza pintada como una puerta que se había quedado atrás del marido, y para recuperarla tiró de su brazo con tanto ímpetu que por poco se lo amputa y obligándola a sollarse toda la cara con chaquetas y mochilas con las que iba encontrándose a su paso.

Y cuando al policía más empanado de ahí le dio la gana -siempre nos toca la cola de los alelados- me dejó avanzar, y un perro loco y exaltado se me tiró encima pero justo en el momento en el que pensaba 'tíanollevasnada,no?' como en Turquía que por poco acabamos en la cárcel por un descuido, el perro huyó y yo pude salir de allí como quien sale de la Cueva de Platón.

Ya solo quedaba esperar al valenciano, volver a la cámara de gas del autobús con la holandesa vikinga y Conan el Bárbaro, y tener un amago de accidente nada más entrar en la ciudad. Ah, y el piso patera.

Pero esas, ya son otras historias. Otras historias para no dormir.

Y bueno, así será tu entrada al país.